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Inteligencia colectiva – Primera parte

1 marzo, 2013 by Enfoque UPC Deja un comentario

“No hay producto aburrido, posiblemente hay un marketero aburrido o una empresa que no fomenta la innovación”, nos dice Gabriel, joven gerente de marketing y negocios de una multinacional, quien destaca la necesidad de reinventarse, salir de la zona de confort, pensar fuera de la caja para estimular ideas y expandir el conocimiento.

Por: Yessica Centty

En un escenario cada vez más competitivo, pero también con magníficas oportunidades, es imprescindible que demos un paso en la gestión del aprendizaje y de la “inteligencia colectiva” dentro de nuestras organizaciones.

Steve Denning, autor de destacadas publicaciones sobre liderazgo e innovación, sostiene que la educación superior sigue aplicando el modelo tradicional de la “fábrica” (organización, eficiencias, escalabilidad), dejando de lado el desarrollo de la capacidad de aprendizaje que se requiere actualmente. Denning concluye que tener gerentes enfocados en ahorros y eficiencias antes que crear valor para sus clientes, resulta muchas veces inefectivo.

Para lograr un desempeño laboral satisfactorio, los colaboradores deben desarrollar un conjunto de habilidades y conocimientos, denominamos “competencias”. Éstas se basan en aspectos cognitivos (el saber asociado al «conocer»), procedimentales (al «hacer o construir») y en aspectos interpersonales o sociales  (al «actuar»).

Las competencias, bien definidas, facilitan la adaptación y buena disposición del trabajador ante los retos de la organización y generan, como acción colectiva, un óptimo desempeño empresarial. Gabriel nos comenta, con humildad, que su éxito se debe a su automotivación para mantener al tope su rendimiento, a su constante iniciativa para proponer y a su flexibilidad para adaptarse a un entorno cambiante y complejo.

Estas competencias vinculadas al “actuar” se les denomina como “soft” o “blandas” y son cada vez más relevantes porque facilitan la capacidad de relacionarse a distintos niveles de la organización. Promueven el interés por el desarrollo de las personas, la resolución de conflictos, las habilidades asociadas al liderazgo y la exposición de ideas, actitudes positivas y proactivas, autonomía, capacidad negociadora, manejo comunicacional, entre otros.

El desarrollo acelerado de las TICs ha potenciado el trabajo en equipo, fortaleciendo la “inteligencia colectiva” como ventaja competitiva de la organización. Sin embargo, esta tarea de desarrollar las competencias requeridas debe contar con el compromiso, no sólo del individuo o grupo involucrado, sino de los directivos que lideran la organización.

La visión de la organización debe incluir conceptos orientados al aprendizaje y a la innovación, estableciendo programas efectivos que respalden estos objetivos y que brinden un marco transparente para motivar a los participantes, midiendo el desempeño de los mismos.

“En mi empresa tenemos un programa de desarrollo organizacional de gestión de talento, que impulsa una alta capacidad de innovación a través de la cooperación y el aprendizaje para generar productos y servicios que superen las expectativas de los clientes”, concluye Gabriel.

La innovación y la productividad en las organizaciones dependen cada vez más de la “inteligencia colectiva” de sus trabajadores, de las relaciones entre los equipos de trabajo, y entre los individuos y la organización. Dependen también de la capacidad de los colaboradores para quebrar la tensión emocional de permanecer en la “zona de confort” y generar la tensión creativa para poder abrirse al aprendizaje, asumiendo mayores retos y superando los objetivos.

En este nuevo entorno donde el conocimiento se está convirtiendo en el mayor generador de riqueza y en el factor más importante en las ecuaciones de producción de las empresas, tal vez tengamos que preguntarnos: ¿cuántos ejecutivos con el perfil de Gabriel estamos reclutando y desarrollando?

Reflexiones sobre los nuevos productos

26 febrero, 2013 by Enfoque UPC Deja un comentario

Muchas veces, un nuevo producto es sinónimo de crecimiento y ganancias para la empresa. Sin embargo, está demostrado que la mayoría de productos desaparecen después de los tres primeros años de su introducción, sin importar dónde se lancen.

Por: Yessica Centty

Millones de millones de dólares se gastan año tras año en generar estudios de mercado asertivos para la introducción de nuevos productos en el mercado. Lo cierto es que muchas veces estos estudios no son suficientes.

¿Qué factores determinan que un nuevo producto sobreviva a las tempestades del mercado?

Que realmente exista una necesidad insatisfecha del consumidor: seamos consumidores de vez en cuando y guiémonos de nuestra intuición, olfato o como lo quieran llamar. La necesidad insatisfecha es el marco de referencia inicial para la creación de nuevos productos.

Muchas veces se comete el error de centrarse  en las características del producto en sí. Otro error recurrente es centrarse en los segmentos de mercado definidos sin ver más allá los hábitos de consumo de otros segmentos de mercado. Finalmente está el hecho de actuar o crear nuevos productos basándonos en la competencia existente de los mismos.

Si bien todo lo mencionado es importante y requiere ser analizado por los marketeros, no es suficiente, y tomar decisiones basándonos solo en ello podría poner en peligro la eficacia de todos los pasos subsiguientes.

El centro de toda nuestra estrategia debe ser la circunstancia y la necesidad del consumidor. Se deben y pueden generar oportunidades extraordinarias a la vida del consumidor, incluso en los mercados maduros.  Pensemos en productos que acompañen a nuestros consumidores y sean importantes para ellos en su ciclo de vida.

Que el nuevo producto sea realmente innovador: mucho escuchamos de innovación, pero poco hacemos al respecto. La innovación es la ejecución de una gran idea, que además tiene características de rentabilidad, sostenibilidad y crecimiento.

El nuevo producto debe tener suficiente componente diferenciador y la aceptación de parte del consumidor para el corto, mediano y largo plazo.

Hay varias formas de crear una propuesta diferente: aprovechando las nuevas tecnologías, la importación de un beneficio de otras categorías hacia el nuevo producto, o incluso la utilización de las plataformas existentes como la de los smartphones pueden convertir una oportunidad de mercado en un nuevo producto ganador.

Hacer buen marketing desde el inicio: Las mejores ideas de nuevos productos están destinadas al fracaso a menos que los consumidores las conozcan.  La única forma de que esto suceda es ejecutando asertivamente el marketing táctico. La presencia en tienda (distribución y trade del producto), la publicidad en TV y prensa siguen siendo los principales impulsores del awareness del producto. Pero, tener en cuenta que hoy en día se vuelve muy importante el uso de las tecnologías de la información. Los consumidores buscan cada vez más en Internet y en todas las herramientas de social media para obtener información del producto antes de tomar decisiones de compra. Hoy en día estar presente en Internet con contenido es trascendental para el éxito o fracaso de nuestro producto. Tengamos en cuenta el boca a boca: las opiniones y recomendaciones del producto en el online se convierten en la mejor forma de publicidad y awareness de este.  

Empecemos a pensar y analizar opciones de nuevos productos ganadores para nuestro mercado. Hay grandes oportunidades en el mismo, empecemos YA.

La información es poder: ¿Qué sucede cuando puedo perder poder por ella?

11 febrero, 2013 by Enfoque UPC Deja un comentario

Vivimos en la sociedad de la información. La información reduce la incertidumbre al tomar decisión y el riesgo en la ejecución. Poseer información que nuestros rivales no tienen nos pone en una situación de ventaja. Aventurarse a crear o implementar una estrategia, sin haber investigado (sin contar con información previa) es lo mismo que hacer una apuesta. La información es poder.

Por: Yessica Centty

Todo esto lo hemos escuchado en múltiples ocasiones. La gran mayoría de quiénes estamos vinculados al ambiente empresarial, ya sea desde la academia o desde la práctica, compartimos mucho el tenor de estas frases. Serán pocos quienes discrepen con el sentido final de las mismas, que se resumen a lo vital que es tomar decisiones desde una base objetiva, generado en un análisis (que pretendemos exhaustivo) de cuanta información esté disponible.

Sin embargo, ¿por qué seguimos tomando decisiones sin información?

En el análisis y toma de decisiones profesionales (que descartan el desconocimiento de su importancia, la pereza y desidia, la improvisación y la impulsividad), se me ocurren al menos tres posibles razones para explicar por qué muchos ejecutivos siguen aventurándose a la toma de decisiones sin un análisis previo real. Válido es también que todas ellas en conjunto, considero dignas de probarse y cuantificarse, podríamos refinarlas:

Por (exceso de) confianza: nos basamos en nuestra experiencia o, peor aún, intuición. Considerando la cantidad y grado de variables que están fuera de nuestro control en la mayoría de decisiones que nos competen, esto es bastante arriesgado. La impericia se disfraza de pericia, y “decidimos” que buscar información que nos ayude a aclarar el panorama es poco práctico, innecesario, irrelevante, ineficiente. No lanzaría una cifra, pero deben existir más fracasos registrados por esta postura que éxitos rotundos. La suerte, sin embargo, es un factor indeterminable, y aboga en favor de quienes emprenden esta ruta.

Por los (sobre) costos: la información puede que sea inexistente como tal, o inaccesible en alguna medida. No obstante, siempre encontraremos datos y su procesamiento tendrá unos costos que confrontados con el beneficio de contar con un panorama más claro, pueden superar nuestra capacidad de afrontarlos, o ser económicamente inviables para la decisión en sí misma. Por ello, soslayamos el ejercicio de recopilación y adecuación de la data. Es un escenario posible, y excusa en una razón económica,  el hecho de no emprender algún esfuerzo de búsqueda de información previa a una decisión. Aunque esto se da muchas veces en la realidad, siempre hay formas económicamente viables de reducir la brecha de desinformación, y por tanto, no justifica del todo descartar tal esfuerzo.  Rescato el análisis costo-beneficio de obtener o no la información, y aunque sea arriesgado, es un riesgo calculado. Siempre seremos conscientes, ante un eventual fracaso, que pensamos a priori en reducir ese mismo riesgo y asumimos descartarlo.

Por miedo: este es el punto en el que me gustaría ahondar. ¿Qué sucede si yo como decisor sé que con una investigación previa a mi decisión, es muy probable que mi hipótesis (mi proyecto, mis objetivos planteados, mi nuevo lanzamiento, mi nuevo programa de desarrollo) palidezca ante evidencias que hoy, en ausencia de información, no se ven nítidas o reales? ¿Tendré el mismo apoyo de mis superiores, colegas y equipo a cargo, si una investigación cuantifica los riesgos y desdibuja mi posición? ¿Prefiero ser visto como un líder que asume riesgos (no cuantificados aún) o como alguien cauto y reservado – conservador en su accionar – que solo hace apuestas con cierto grado de seguridad? Muchas veces el ego y los objetivos personales  de corto plazo enturbian nuestro marco decisional. Decidimos empujar grandes ideas y proyectos que creemos pueden dar réditos tanto a la organización como a nosotros como ejecutores de los mismos, a sabiendas que una adecuada cuantificación de las posibilidades y riesgos, podría hacer que quiénes depositan su confianza en nosotros, le dieran una segunda lectura al cuadro que presentamos.

Semanas atrás, cuestionaba a mis alumnos sobre la importancia de la eficiencia versus la eficacia. En el punto álgido del debate, se hizo evidente que el éxito profesional se lograba mediante altos niveles de eficacia (superación sostenida de objetivos) antes que por un eficiente uso de los recursos asignados (en extremo optimista, con cumplimiento magro de esos mismos objetivos). Personalmente, privilegio la eficacia sobre la eficiencia. La segunda es en sí misma una meta subordinada a la primera; pero también pienso que para lograr mayor eficacia, es clave un adecuado análisis que clarifique riesgos y oportunidades, y que nos aleje del fracaso.

No caigamos en la tentación de soslayar la información por miedo a que la misma eche por tierra nuestros planes y objetivos. Seamos exhaustivos en el retrato de la situación y su análisis, para que aún con multitud de variables en contra, podamos diagnosticar un camino adecuado para nuestra organización, e incluso poder decidir con solvencia qué batallas luchar. Y todavía mejor, qué batallas posponer para cuando la información nos diga que ha llegado el momento de asumir esos riesgos y vencerlos.

La estrategia y el estudio del pasado como mecanismo del aprendizaje

29 enero, 2013 by Enfoque UPC Deja un comentario

Semanas atrás, en medio del período vacacional, participé de un debate entre amigos, sobre la pertinencia o no de observar los hechos del pasado como mecanismo de estudio para aprender estrategias. No por ser amigos, el debate fue menos acalorado. Justo es decir que ambas partes expusimos nuestros planteamientos tratando de abarcar la mayor cantidad de situaciones.

Por Yessica Centty

Que los tiempos cambian con mucha velocidad; que la tecnología, innovación, la evolución de los patrones y otros factores del entorno son imprevisibles la mayoría de veces; que la cantidad de variables hace imposible prever el resultado exacto de su interacción y más aún que esta se repita sucesivas veces; que la misma conjunción es improbable que se repita en el tiempo con las exactas dimensiones y relevancias originales; que las variables bajo control han evolucionado y son distintas a las de antes (sea esto en ámbitos empresariales, o de conflicto: llámese teorías y herramientas organizacionales, o el clásico binomio “choque-fuego”); que resulta ocioso revisar precedentes históricos ante la necesidad de una decisión pronta e inmediata. Estos argumentos fueron esgrimidos por mi contraparte y fueron expuestos de forma mucho más ordenada y clara de la que yo he podido rescatar en este espacio.

Sin embargo, considero estos argumentos rebatibles. Defender la historia y las fuentes del pasado como elementos básicos de estudio, cuando se trata de acercarnos a la estrategia, serán mi tarea en las sucesivas líneas.

¿Por qué tomar en consideración el pasado para hacer (y estudiar) estrategia?

Suelo mencionarlo a menudo durante el dictado de un curso y muchas veces en conferencias o charlas: lo único constante es el cambio. Lo dijo Heráclito de Éfeso hace 2 500 años y la frase sigue vigente desde entonces, incluso adaptándose mejor a nuestros días que a los de la antigua Grecia. ¿Pero debe esto entenderse como “cortar de raíz” con el pasado y entender nuestra actualidad como totalmente nueva? De ninguna manera. El cambio es constante: la alteración de las variables en el contexto de una decisión, también. Pero el hecho de que algunas estén bajo control y haya un cierto grado de incertidumbre sobre otras, en la toma de una decisión, se mantienen perenne en cualquier escenario. No nos acerquemos al pasado buscando calcar respuestas y recetas inmediatas, sino como a una fuente de aprendizaje del uso de determinados recursos a nuestra disposición para hacer frente a ciertas amenazas y riesgos, en el curso de la acción emprendida.

Las variables bajo control, por ejemplo, en el escenario histórico de una guerra, o de una batalla puntual, difícilmente se repetirán en conjunto con la misma relevancia e importancia estratégica. Pero lo cierto es que la forma de cómo aquellos líderes entendieron el análisis inicial, la ponderación de factores, los cursos de acción posible y la decisión final emprendida, entendidas como un todo, merecen plena atención. Más que la estrategia en sí misma, el objeto de estudio que perseguimos es su generación, su diseño y su concepción.

En las escuelas de negocio, al menos en las más reputadas y trascendentes en el tiempo, se privilegia el estudio de casos, el uso de ejemplos de estrategias y decisiones empresariales tomadas en la vida real por gerentes y líderes en el pasado. Errado sería esperar que nuestros alumnos las aprenderán como un compendio de técnicas para salir al paso cuando les toque lidiar con situaciones de similar naturaleza. Lo apropiado es dotarlos de herramientas técnicas (las mismas que por fortuna mejorarán con en el tiempo) desde un marco lógico de decisión, que es el que se aprende a partir del ejemplo y las conclusiones de casos reales.

Entonces, el estudio del pasado en busca de un mayor conocimiento estratégico no es algo que deba emprenderse cada vez que se debe tomar una decisión. Es una disciplina que se debe cultivar todos los días, buscando nutrirse de la experiencia de otros, para poder confrontar nuestra propia realidad y ámbito de decisión como reflejo. No interesa en un escenario puntual tener otros tantos como referencia histórica. Importa haber revisado diversos sucesos y casos del pasado a lo largo de nuestra formación para contar con el acervo suficiente que nos permita librar la toma de decisiones correcta. Más que soluciones correctas para situaciones similares, debemos entender el estudio de la historia como una búsqueda de procesos de decisión correctos, independientemente de la situación en que nos encontremos.

Decía el general Gerhard von Scharnhorst, fundador del estado mayor alemán: “Nadie que haya estudiado sistemáticamente la ciencia militar aprende mucho en la guerra”. No pensemos ilusamente que los sucesos que debemos enfrentar se repetirán siempre sin variación, buscando una receta universal de solución. Que la soberbia intelectual no nos lleve a pensar que cada situación estratégica que enfrentemos es novedosa, y que por ello, cualquier mecanismo antiguo es arcaico e incompatible con nuestros tiempos. Sigamos la línea de pensamiento expresada por von Scharnhorst, que en resumen, coloca el entendimiento de los sucesos del pasado como referentes de la correcta (y a veces también inapropiada) toma de decisiones.

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